Desde lo profundo de un insondable abismo en el fondo del mar trepan desgarradores gritos de sirena, cantos de lamento que suben como burbujas por el agua y estallan en la superficie del ponto dejando ser escuchados por los oídos de aventurados navegantes de casual paso. Un océano de dudas se cruza por lo ondo de los marineros que miran a su capitán, viejo lobo de mar, conocedor, sabio comandante de la nave, en busca de una respuesta que aparte el miedo lo ven, palabras que desvanezcan el terror y permitan seguir con la tarea que a cada cual se le ha asignado: atar los cabos, arriar las velas, limpiar la cubierta. Las miradas piden ansiosas una solución al nuevo problema que emana del líquido para poder surcar la mar con las mismas fuerzas que momento ha. En un inaguantable impulso el primer oficial se acerca al sabio que con su mirada clavada en el horizonte desde el timón se dispone a escuchar: __¡Capitán!, ¿Acaso el canto de las sirenas no es dulce miel que atrae a quién lo escucha al endulzar sus oídos y capaz de hacer que hasta el más cuerdo se zambulla con tal de seguirlo, a sabiendas de que más luego será devorado por el en apariencia bello ser que lo profiere, y no esta hiel en el viento que miedo da? ¿Qué monstruoso animal o bestia puede causarle esta pena sin que pudiese evitarlo? Se hiela la sangre de solo pensarlo.
El capitán sin despegar la vista de la inalcanzable linea curva, ni las manos del timón, respondió preguntando: __¿Acaso tu nunca te has enamorado de quien no debes?
El oficial comprendió y a sus compañeros el pequeño sermón transmitió, y estos con renovadas fuerzas siguieron haciendo. El viento comenzó a soplar y el barco a vela hinchada no pudo más que continuar surcando el mar.
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