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lunes, 28 de marzo de 2011

Perdí a Venus en una partida de ajedrez. Hermosa como de costumbre, estaba mirando mientras mi contrincante y yo jugábamos. Íbamos tres a tres  en el tanteador de partidas y con la que se estaba dando definíamos un mini campeonato que habíamos armado ya hacía más de una semana. Solo se daban los encuentros si después de trabajar, por las tardes, íbamos a aquél centro cultural. Ese día, el de la final, casualmente en el lugar también estaba Venus, o quizá no por casualidad, pero en fin, ella miraba y comentaba con poco atino pues no sabía jugar. Antes de empezar las partidas convenimos en apostar un par de Palermo pero los dos sabíamos sin mencionarlo que el premio mayor era la diosa que sola desde un lado nos observaba.
El tiempo pasaba y el tablero se iba quedando sin piezas, al final un movimiento que hice inclinó la balanza hacia mi oponente, luego de algunos más, en sus comentarios, ya empezaba a saborear su victoria y mi derrota. Venus sonreía y yo ya no percibía el brillo con el que, hasta cuatro o cinco jugadas atrás me miraban sus ojos, brillo que sí notaba cuando miraba a mi rival, lo que me desconcentró aun más del juego. El jaque mate no se hizo esperar, el sotreta me ganó la partida ese día. A la semana siguiente fui a la milonga y los vi llegar del brazo, esa noche pagué mi apuesta. A las dos semanas ya no se los veía juntos.

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