Al poco tiempo cayó la gota que rebalsó el vaso: Venus se fundió. No tuve mejor idea que llevársela al mecánico del barrio, en Parque Peña, pasando Parque Camet, por ruta 11, camino a Santa Clara del Mar. La revisó el hijo del mecánico, “el Ezequiel”, un pibe al mejor estilo cumbiero, uno de los siete u ocho hijos del “Negro Brazil”. Alguna vez habíamos jugado al futbol de niños, los niños tienen esa capacidad de amigarse y desamigarse, cuando sos niño de un momento al otro podés ser el mejor amigo de uno en una cuadra y al otro día tu mejor amigo es alguien de la escuela o de enfrente de tu casa, o uno que conociste en la plaza o en la playa hace diez minutos. Así de esa forma un día habíamos sido amigos. Cuando desarmó la moto vi que usaba muchos golpes y fuerza pero como era el hijo del mecánico se la confié. Pasé a los dos días y encontré que la moto estaba a la intemperie y así estuvo una semana, no le metía mano muy seguido porque había conseguido trabajo como pintor de obra en Santa Clara del Mar.
Cabe mencionar que volví a empezar terapia, esta vez con una psicoanalista que me recomendó Venus. Pasé de una terapia frente a frente a recostarme en el diván. Una experiencia casi alucinógena de a ratos.
Como no tenía trabajo y para no perderle rastro al hijo del mecánico porque ya empezaba a desconfiar de sus habilidades, fui a trabajar con él en pintura. A demás tenía la idea en mi cabeza de una especie de retorno al barrio, quería revivir los lazos con los vecinos, moverme en la cotidianidad de lo suburbano: ir al almacén, cruzarme con algún vecino a chusmear, jugar un picadito de fútbol en un baldío.
A los pocos días de empezar a trabajar en Santa Clara el muchacho a modo de confesión me contó que era ladrón de motos y autos, y que se gastaba todo lo que ganaba en drogas: cocaína, marihuana, pastillas y alcohol. También me dijo que se iba a Bs. As. porque había conocido una chica hija de un policía y que a demás tenía un arreglo con otros policías de allá para robar coches. Su parte era “cortar” el vehículo, abrirlo, arrancarlo y llevarlo hasta el lugar donde lo desarman. Cuando le dije que él no necesitaba hacer eso, que no tenía por qué salir a robar, me contó que acá debía plata, que en su casa no podía vivir más y la remató con los ojos vidriosos, casi con lagrimas diciendo: Yo ya estoy jugado.
De más está decir que mi sueño de revivir los lazos vecinales se desvaneció y se perdió como el humo de un cigarro en el viento (linda comparación) y que decidí sacar la moto del taller y llevarla al service oficial, mi cabeza quería estallar en mil pedazos. ¿Qué había pasado con los pibes del barrio? ¿Dónde estaban mis amables vecinos que me daban azúcar o yerba para el mate así no tenía que ir hasta el almacén? ¿Qué pasaría con Venus? Entonces, solo entonces, me di cuenta que la casa del Negro Brazil y su taller era un rancho con partes de autos dando vuelta, con varios perros sucios y algún que otro sarnoso. Después me enteraría que había estado preso y que al salir de la cárcel, donde le habían enseñado mecánica, se armo ese rancho y fue sumando herramientas, conoció a su mujer y tuvo sus hijos. Alrededor de su casa o rancho se levantaban otros, esa parte del barrio no era un barrio era una villa. Costó reconocerlo (suena nostálgico no lo puedo evitar) pero los noventas, años de mi infancia, desaparecieron, los vecinos con la carga que tuvo alguna vez esa palabra también, ya no quedan ni rastros de aquel uno a uno que nos prometieron los políticos y que la generación que los apoyó y los eligió para ocupar cargos en el gobierno se creyeron.
Repito, mi cabeza quería estallar, y a Venus la mande a la concha de su madre. Pantris dice que si te mandan a la concha de tu madre es porque hay un mensaje implícito en el insulto que pide a la otra persona que vuelva a la vagina de su progenitora porque le falta madurar, a demás que ahí se va a sentir mejor porque es el mejor lugar donde uno pudo estar en su vida, otra vez la psicología hace un aporte al imaginario colectivo. Claro que no es la mejor forma de pedirle a alguien que madure.
Después empecé a trabajar con un amigo teatrero, lo ayudaba con un unipersonal que presentó esa temporada “La Mirada de Otelo”, mientras, ensayábamos una intervención para el día de la “Digna Rabia” que se realizaría en Mar del Plata.
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